sábado, 13 de diciembre de 2014

19 de abril de 1995

                Algo hay en este título que evoca, a modo de homenaje, el brillante relato de Roberto Fontanarrosa sobre una de las fechas más importantes (sino la más) en la historia de Rosario Central. Y al igual que el fallecido hincha rosarino, parte de la base del amor por el club de sus amores. Pero en este caso, el camino es distinto; y si bien parte con la referencia obligada y necesaria al 19 de abril, día en que se fundó Colo Colo; el desarrollo de esa agitada jornada distará mucho de ánimo para celebrar.
                Veamos.
                Los setenta años del Club Social y Deportivo Colo Colo encontraban a la institución popular en una incómoda situación. La temporada anterior había exiliado al Cacique de la primera línea futbolística, que tuvo en las universidades (Católica y De Chile) a los principales candidatos al título en Chile. Incluso O’Higgins, relegó al Colo a posiciones de reparto merced a su buena campaña en 1994. La temporada en cuestión, había iniciado con excelente tranco, con dos victorias (ante Regional Atacama 5-0 y frente a Deportes Concepción 2-1). Sin embargo, en la víspera del aniversario; el sábado 15 de abril, se registra un episodio inolvidable y casi traumático para la hinchada alba (imagínense para un pendejo de 15 años): Marcelo Barticciotto, el ídolo, el crack, el del gol a Boca, el campeón de América, le marcaba a Colo Colo, jugando por la UC, en el triunfo cruzado (su club ese año) por 2-1. Con ese panorama, tendríamos un cumpleaños número 70 bastante aciago, ya que lo que vendría en el futuro sería igual de malo. Quizás suavizado por el contundente 3-0 a la U, el día del doblete de Espina, que constituiría la única alegría del año. Además, ya comenzaba a incubarse en el club la quiebra que años más tarde, y luego de campañas locales espectaculares, semifinales internacionales y sueldos millonarios, arrasaría con la dignidad de una institución que tocará fondo y más allá, entre 2001 y el inicio del 2002.
                Así, y con el presente de 70 años más tristes que otra cosa, comenzaba ese miércoles 19 de abril de 1995. Para ese día, la agenda futbolera asomaba interesante: Chile se jugaba la clasificación a cuartos de final del mundial sub20 de Qatar frente a España (servía sólo ganar) y por la noche, la adulta visitaba Lima para encarar el segundo amistoso de la era Azkargorta ante el seleccionado del Rímac. Las 12:45 y  21:00 horas eran las indicadas para sentarse a disfrutar de una jornada que a priori asomaba como difícil, pero que nada hacía presagiar como desastrosa.
                ¡Extra! 24 Horas informa. El noticiario de la televisión estatal en Chile interrumpe violentamente el programa matinal de la estación con una información apocalíptica a eso de las 9:15 de la mañana; la instantaneidad en la información estaba en desarrollo y aún existía un desfase lógico entre la llegada y el procesamiento de la información y su posterior divulgación; por eso a muchos sorprendió lo que provenía desde Estados Unidos: el terror se había instalado en el edificio federal Alfred Murrah, ubicado en el centro de Oklahoma, lugar en el cual más de dos mil kilos de explosivos destruyeron el lugar. El saldo de tanta destrucción fue pavoroso y desconocido para ese entonces: 168 muertos, de los cuales casi una veintena correspondía a menores. El culpable del ataque, Timothy McVeigh señalaría que actuó en venganza a la masacre de Waco consumada exactamente 2 años antes de lo de Oklahoma. Uno, a miles de kilómetros, poco y nada parecía entender de lo que ocurría en Estados Unidos. Sólo el 11 de septiembre de 2001 se encargaría de confirmar las cosas.

                Así, y mientras la agenda noticiosa se nutría de lo ocurrido en Norteamérica, había que sacudirse de la sorpresa y el dolor que transmitía la televisión y enfocarse en el partido de la rojita sub20 (Sólo en 2001, tras el ataque a las Torres Gemelas, se suspendería la jornada de Champions correspondiente al miércoles 12 de septiembre, por ejemplo). Al mediodía, los dirigidos por Leonardo “Pollo” Véliz encaraban a España, en teoría el rival más fuerte del grupo, y que llegaba clasificado a segunda ronda, con 6 puntos. Chile accedía con 2 unidades, merced a pobres empates frente a Japón y Burundi (!). El problema es que asiáticos y africanos se enfrentaban entre sí, y en caso de ganar uno de ellos, eliminaba a Chile del certamen (en caso de que no ganemos).  Ambos partidos irían en simultáneo, lo cual acarreaba una carga extra de presión para Chile, que ante el primer gol en el otro partido tendría un elemento extra contra el cual luchar, además de la calidad de los hispanos (que llegarían a semifinales en esa edición). Una vez iniciado el partido, y con los antecedentes descritos en juego, se llega al primer mazazo, por partida doble: gol de España (Etxeberría, a los 9 minutos) y gol de Japón (a los 10 minutos). De momento, comenzaban mal las cosas. Y empeorarán antes de los 20 minutos de ambos partidos con nuevos goles de los mismos países: dos en el caso de España y uno para Japón. Así, los partidos se irán al descanso con la suerte sentenciada: Chile 0 España 3 y Burundi 0 Japón 2. Y mientras los noticieros seguían descubriendo el horror de Oklahoma con nuevos y macabros detalles de la tragedia; se reanudaban las acciones en Qatar: Salgado para España y Rozental para Chile modificaban el marcador en Doha antes de los 60 minutos de partido. Nuevas anotaciones de ambas escuadras configuraban un marcador tenístico (6-3 para España) que obviamente eliminaba a Chile y clasificaba a Japón (que no movería el 2-0 del marcador). Sin embargo, la oprobiosa actuación chilena no se quedó solo en lo (poco) mostrado en cancha: el viernes 21 de abril se confirmará la detención de cinco personas pertenecientes a una red de apuestas ilegales que funcionaba desde Tailandia y que había puesto sus ojos en algunos seleccionados intervinientes en Qatar (Portugal, Honduras, Camerún, Burundi y Chile). En el caso de los nacionales, se confirma la operación por parte del ex jugador de Magallanes Washington Arriola Medel, quien contacta a jugadores chilenos con atractivos U$2.500 aunque por “ir para más, y no para menos”. Frank Lobos y Francisco Fernández resultarán sancionados por ser los receptores del dinero de manos de Arriola, lo que contribuye a aumentar el escándalo por la eliminación chilena. Se ponía así un triste fin a una generación que parecía destinada a ser la base de la selección con miras al mundial de Francia, y que como tantas veces, se quedó en las promesas.

                A media tarde, se tendría completa certeza de las muertes en Estados Unidos, y se confirmaría la captura de Timothy McVeigh, quien sería detenido al conducir un auto sin patente, la contundencia de las pruebas lo marcarían de inmediato como el principal sospechoso de la masacre.
                Para el plato de fondo, en Lima, la selección contaba con la base de jugadores que debían comenzar un año después el proceso clasificatorio a Francia. Azkargorta había iniciado con muy buen pie su paso por la selección, con triunfo de 2-1 sobre México, y a mediados de año tendría su primera prueba de fuego en la Copa América en Uruguay. La expectación por el partido era alta, en una época en que el concepto de “fecha FIFA” aún no se tomaba el calendario, por lo cual había que aprovechar el momento de ver en cancha el proyecto de “Bigotón” que sin duda capturaba la atención del primer semestre futbolero en 1995. Chile saldría al Nacional de Lima con Alex Varas al arco (una de las debilidades de Azkargorta), Gabriel Mendoza, Javier Margas, Nelson Parraguez, Rodrigo Pérez, Cristian Castañeda, Ian Mac Niven, Clarence Acuña, Esteban Valencia, Luka Tudor y Marcelo Salas. En Perú, destacaban Miguel “Carón” Miranda, los Soto (Jorge y José), Roberto Palacios, Alex Magallanes y la dupla de ataque formada por Ronald Baroni y Flavio Maestri.
Y si lo de media tarde en Qatar había sido desastroso (en fútbol y marcador), la noche limeña no comenzaba tan distinta para Chile: 0-2 a los seis minutos, tras dos anticipos de Maestri a una débil defensa chilena, primero por bajo y luego por aire. Luego, una fulgurante entrada de Baroni mano a mano con Varas señalará el 3-0 para los del Rímac, recién en 29 minutos. Antes del descanso, Maestri confirma su hat trick con mucha fortuna (38’), en un gol que reeditará años después Paolo Guerrero en el mismo estadio, ante Chile (2001, eliminatorias a Japón y Corea). El 4-0, que más parecía knock out boxeril que expresión de fútbol desnudaba las falencias de un proceso que se sostenía en una idea colectiva de juego que no contaba con los nombres requeridos para ello. Tras  la reanudación, Azkargorta apostó por un solo cambio: Patricio Mardones en reemplazo de Ian Mac Niven, de discretísimo primer tiempo (sólo consignó un tiro al arco, que pasó levemente desviado del arco peruano). Luego, los ingresos de Goldberg (por Tudor); Ricardo Rojas (por Castañeda) y Galdames (por Acuña), sirvieron para contener al rival más que para soñar con una remontada o algo similar. Por el lado de Perú, mínimas variaciones que se traducirán en dos nuevas conversiones de Ronald Baroni, una tras grosero error en la salida de Margas y la otra tras una anotación de fantasía del delantero que por esa época jugaba en Portugal (tras haber jugado incluso en Chile): el sexto gol peruano será una síntesis de lo obrado por los locales esa jornada, con una sucesión de certeros toques desde campo propio, que finiquitará Baroni con un increíble ingreso al área tras limpiar a la defensa chilena y tocar sutilmente de revés ante la salida de Varas. Para cerrar la nefasta noche, el “Huevo” Valencia fallará un penal regalado por el juez boliviano Juan Lugones; el tiro del volante de la “U” golpea el vertical izquierdo del meta peruano. En la insistencia, Salas no puede señalar el descuento. Además, Carón Miranda confirmaba su fama de ataja-penales ante Chile al evitar el gol por esa vía, casi dos años después del tiro atajado a José Luis Sierra en la Copa América de 1993.

                Terminado el match en Lima, comenzarían los cuestionamientos a Azkargorta, a quien le quedaría mucho sufrimiento, literalmente (en Uruguay, sufriría un colapso en medio del partido con Bolivia). Recién un año después vendría el paso al costado con la célebre frase del perro muerto y el fin de la rabia. De los muchachos de la sub 20, se seguiría hablando por un tiempo; y lo ocurrido con los sobornos terminaría por sepultar las aspiraciones de trascendencia de una generación de la cual sólo Sebastián Rozental se destacó, ratificando aquello con su extraordinaria temporada 1996 y posterior venta a Escocia.
                En Norteamérica, las cosas habían cambiado para siempre. Comenzaba una escalada de violencia que alcanzará su cota más alta en septiembre de 2001. 3 meses antes de esa fatídica fecha, se consumaba la ejecución de McVeigh, mediante inyección letal. Todo había comenzado el 19 de abril de 1995.

Carlos Pérez Huenchupán

En twitter: @puertomontt25

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